El intento de Abugattás de “bajar a bases” con todo el Parlamento sin reformar el sistema electoral y la decisión del presidente Humala de gobernar “desde las regiones” nos revela una pasión por el plebiscito. En la democracia plebiscitaria, la legitimidad recae en la aprobación de los caudillos y no en las instituciones. El reconocido periodista Jaime de Althaus alerta sobre estas tendencias en La promesa de la democracia (Editorial Planeta), un libro en el que diseca las fortalezas y debilidades del proceso político peruano. ¿Cómo se explica la segunda vuelta de 2011 no obstante el crecimiento económico? ¿Cómo se entiende la impaciencia social si durante el quinquenio aprista se arrinconó a la pobreza como nunca?
Althaus señala que la democracia y el mercado avanzan al margen de un sistema de partidos políticos. De esa anomalía histórica nacen las interrogantes sin respuestas. El fujimorato se cristalizó sobre la debacle de los partidos del siglo XX y, más tarde, los proyectos bolivarianos emergieron sobre las ruinas de los partidos en Venezuela, Ecuador y Bolivia. El fin de las viejas organizaciones no gestó nuevas instituciones sino viejos caudillos redentores, tal como los llama Enrique Krauze en un soberbio artículo en El País de España.
Si el triunfo de Humala golpea a cualquier resurrección partidaria post-Fujimori, ¿se puede interrumpir la institucionalidad? Las alianzas entre los Borea y los Antauro contra la Constitución del 93 alientan los pesimismos. En el texto de Althaus se señala que el mercado ha consolidado de tal manera los derechos civiles (libertad, propiedad y contrato) que emerge una ciudadanía y una vigorosa clase media que demanda más democracia. Quien crea que preservando el mercado puede avanzar hacia el autoritarismo se equivoca. No hay mercado sin democracia. Si lo hubo con Fujimori, fue una tragedia. Una reedición sería una comedia inaceptable, sobre todo para los auténticos liberales.
Althaus señala que la democracia y el mercado avanzan al margen de un sistema de partidos políticos. De esa anomalía histórica nacen las interrogantes sin respuestas. El fujimorato se cristalizó sobre la debacle de los partidos del siglo XX y, más tarde, los proyectos bolivarianos emergieron sobre las ruinas de los partidos en Venezuela, Ecuador y Bolivia. El fin de las viejas organizaciones no gestó nuevas instituciones sino viejos caudillos redentores, tal como los llama Enrique Krauze en un soberbio artículo en El País de España.
Si el triunfo de Humala golpea a cualquier resurrección partidaria post-Fujimori, ¿se puede interrumpir la institucionalidad? Las alianzas entre los Borea y los Antauro contra la Constitución del 93 alientan los pesimismos. En el texto de Althaus se señala que el mercado ha consolidado de tal manera los derechos civiles (libertad, propiedad y contrato) que emerge una ciudadanía y una vigorosa clase media que demanda más democracia. Quien crea que preservando el mercado puede avanzar hacia el autoritarismo se equivoca. No hay mercado sin democracia. Si lo hubo con Fujimori, fue una tragedia. Una reedición sería una comedia inaceptable, sobre todo para los auténticos liberales.

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