Esta semana, en la mayoría de librerías latinoamericanas Carlos Fuentes vuelve, como se dice, a la brega. No con una nueva novela –finalmente el hombre ya escribió suficientes para tentar la inmortalidad- sino con La gran novela latinoamericana, un ensayo en que desarrolla un reportaje y análisis a la novela latinoamericana. Desde los primeros cronistas pasando por Rómulo Gallegos, Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, José Donoso hasta llegar al colombiano Juan Gabriel Vásquez y nuestro compatriota Santiago Roncagliolo. La inclusión de Santiago es una noticia que refresca los nombres de los consagrados y es algo que debería alegrarnos a todos. Todo indica que el libro se anuncia como una autopsia del género en estas tierras calientes y morenas y, don Carlos Fuentes, con su más de ochenta años y, como hombre neto que pertenece a la Galaxia Gutemberg, aquella que huele a tinta y papel, defiende los fueros del género y nos dice que la novela está vivita y coleando.
Aquí la entrevista que le hizo el Clarin al gigante mexicano:
Jorge Luis Borges ya era un escritor consagrado cuando viajó a México y pidió conocer a Carlos Fuentes. No esperaba que el autor de La muerte de Artemio Cruz ni nadie lo rechazara. “Pidió verme y yo dije: ´no, no, no. Yo me quedo con el Borges autor´. Dicen que era difícil como persona. No quise saber nada del ser humano, quise quedarme con los libros, que constituyen un universo tan poderoso. ¿Para qué conocer al autor?”, se pregunta Fuentes, del otro lado del teléfono, en su casa de Ciudad de México.
Mejor le fue con su amigo Julio Cortázar. “Para mí fue un honor recibir, al mes de haber publicado La región más transparente , a los 29 años, una carta de 20 carillas de Cortázar en la que me trataba de usted y me señalaba lo que le había gustado. Era una carta muy sensible, inteligente y digna de Julio Cortázar”, dice sin disimular la emoción. Veintiséis años después, cuando Cortázar murió en París, Fuentes se enteró en Estados Unidos y enseguida llamó a México a su amigo en común Gabriel García Márquez. “´No creas todo lo que ves en los periódicos´, me dijo Gabo. Y tenía razón, Cortázar –el escritor– sigue vivo y era un ser humano maravilloso”, agrega Fuentes, que a sus 82 años, tras más de 20 novelas, libros de ensayos, cuentos y hasta una ópera, entiende el juego de las entrevistas.
El jueves llegará a las librerías de Argentina y del resto de Iberoamérica su libro más reciente La gran novela latinoamericana (Alfaguara), un ensayo sobre los escritores más paradigmáticos de la región y, también, una apología del género y una biografía literaria del propio Fuentes. Reflexiona sobre Bernal Díaz, el primer cronista de Indias, Rómulo Gallegos, Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, José Donoso hasta llegar al colombiano Juan Gabriel Vásquez, el peruano Roncagliolo, el chileno Carlos Franz o los argentinos César Aira, Matilde Sánchez y Martín Caparrós. “Es un libro que fui haciendo a lo largo de la vida, porque tiene mucho que ver con mis lecturas de joven, con repasos, tiene que ver con amigos y escritores que me interesan. Es un libro muy personal, no es un manual ni un diccionario. Hay gente que falta, lo lamento. Soy mexicano y hablo más de México que de otros países. Pero hice el libro que yo quería y eso ya es motivo de satisfacción y de culpa. Ese es el origen del libro y acaso su destino también”, explica.
Habla de México pero también mucho de la Argentina, si hasta afirma que tenemos la literatura más rica del continente.
Si vamos país por país la literatura más rica del continente es, sin dudas, la de Argentina. El Martín Fierro y el Facundo son los únicos libros que rompen con la mediocridad del siglo XIX. El desarrollo de la literatura argentina es sumamente poderoso. Argentina está situada entre la vastedad del Océano Atlántico y la vastedad de La Pampa. Buenos Aires fue la respuesta a dos inmensidades a necesidades dictadas por la infinitud del espacio. La respuesta es urbana: una ciudad y una literatura.
¿Por qué incluye en este canon Borges si nunca escribió novelas? Depende de lo que se considere como novela, porque a veces un cuento de Borges era un resumen de una novela.
El Aleph contiene muchas novelas, igual que El jardín de los senderos que se bifurcan .
Usted habla de una nueva generación de escritores muy distinta a la del Boom, que usted compartió.
Nosotros si algo teníamos en común era que queríamos contar de nuevo la Historia de América latina. Sentíamos que no se había contado bien o entera. Cien años de soledad tiene ese propósito. En cambio, los nuevos autores no tienen encima ese reclamo histórico sino que hablan muy directamente de sus mujeres, de sus amantes, de sus ciudades, de sus profesiones, de la vida contemporánea y sobre todo urbana porque ha dejado de ser una novela agraria.
¿Y en términos de difusión? En 1950 sólo había 3 escritores mexicanos traducidos en Francia. Hoy son más de 40 y también se traducen escritores argentinos, peruanos y colombianos. Oigame: éste es el verdadero boom , el de ahora, con una libertad de difusión mucho mayor que la que tuvimos nosotros.
Muchos, como Tom Wolfe, aseguran que a la novela está muerta, ¿por qué discrepa? En las novelas se escribe lo que no se puede decir de otra manera. Las novelas dicen lo que no dice el periodismo o el arte pictórico. Hay un poder de creación y de perdurabilidad en la novela que no tienen otros modos de conocimiento. Las nuevas tecnologías –Internet, Twitter (que Fuentes usó sólo un día), el Ipad– no van a poder cumplir esa función. He visto a la novela amenazada por el cine, la televisión y la radio: la novela siempre permanece, se transforma.
Sus amigos García Márquez y Vargas Llosa ganaron el Nobel. ¿Usted no quería ganarlo? ¿Pues a quién no le gustaría? Pero cuando me dan el premio de Veracruz estoy contento. Uno no escribe para recibir premios. Ni Mario ni Gabriel escriben para ser premiados, escriben por un impulso muy importante y muy intimo. Además no lo recibieron Kafka, Tolstoi, Proust. ¿De qué se queja uno?

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