La muerte de Manuel Fraga, el sanguíneo dirigente de la derecha española, no solo ha conmocionado a España sino que ha reavivado viejos debates, ha encendido pasiones adormecidas y nos ha dejado muchas preguntas sobre qué significa hacer política. Y es que la biografía de Fraga, el ministro de Propaganda del franquismo, puede formar parte de las sombras de una dictadura como también de los mejores momentos de una democracia. La noticia estremeció tanto que escritores y periodistas españoles intercambiaron artículos y adjetivos sin ponerse de acuerdo. Todo un debate para la eternidad.
Sin embargo, Fraga, al margen de cualquier discrepancia, llevó al franquismo, con sus falanges y fusiles, al camino de las urnas y el sufragio. El Partido Popular de José María Aznar y de Mariano Rajoy son los herederos legítimos de su impronta. Aquí no hay debates de paternidad. Es una verdad genética de la derecha española. Y sin el diálogo que esa derecha española desarrolló con los socialistas y comunistas ibéricos, la España de hoy sería un gigantesco cementerio. En España, pues, el pacto entre los enemigos de la Guerra Civil, hizo el milagro de construir la democracia y la modernidad.
Y allí reside una respuesta enorme sobre qué significa hacer política: evitar la guerra, evitar el conflicto y construir el acuerdo. Sobre los pactos surgen las derechas y las izquierdas modernas. Si hay alguna duda, miremos a nuestro vecino Chile. Allí también los herederos de Pinochet evolucionaron hacia una derecha moderna que se expresa en el actual gobierno de Piñera. ¿Cuá fue la clave de esa evolución? La izquierda chilena post allendista supo separar la paja del grano: recogió el modelo económico y social del pinochetismo y miró para adelante.
En el Perú, por el contrario, ángeles y demonios concuerdan en que no hay derechas ni izquierdas modernas. A la diestra se le imputa falta de compromiso con la democracia y a la zurda se le acusa de aversión al mercado. La ausencia de pactos y acuerdos momificó a nuestras corrientes ideológicas. El pacto en el Perú es sinónimo de traición. Basta recordar el escarnio que se hizo de Víctor Raúl Haya de la Torre cuando, mediante acuerdos sucesivos, evitó la guerra civil en el Perú del siglo XX. Basta recordar la grita elemental de la izquierda cuando se habla de superar las heridas de los años noventa, voltear algunas páginas y contemplar con otros ojos el día siguiente.
Nuestra renuncia a los pactos nos aleja de las grandes experiencias de la política moderna y nos evoca los terribles momentos de las guerras religiosas, donde el hereje era negado, excluido de las verdades sagradas y quemado vivo.

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