viernes, 27 de enero de 2012

UNA PASIÓN LATINA



Acabo de leer Una pasión de latina de Miguel Gutiérrez (Alfaguara 2011), un texto que confirma que el autor es, indudablemente, uno de los grandes de la literatura peruana. Se trata de la historia de Nolasco Vílchez, un peruano que radica en Estados Unidos y que termina descuartizando a su esposa de nacionalidad norteamericana. El autor emplea al personaje Artimidoro Correa como narrador principal de la trama, no obstante que la obra, sobre todo, en sus capítulos finales tiene otros narradores.

La existencia de Nolasco Vílchez transcurre en Piura, Huamanga y Estados Unidos y, de alguna manera, es el mestizo que niega, que traiciona sus orígenes, casándose con la estadounidense Karen Spiegel para “blanquearse”, como se dice. El desenlace puede resultar maniqueo: su condición desarraigado lo lleva a la soledad, el descuartizamiento y la locura.


Tal como señala correctamente el crítico Javier Agreda, el mérito de esta novela es vincular la violencia política con un crimen en Estados Unidos: Vílchez y su esposa Karen Spiegel son agentes de la CIA en la Huamanga de los sesenta y, varias décadas después, él la descuartiza y moviliza a la policía de Estados Unidos e, incluso, al propio FBI, detrás de un caso que tiene conexiones con los gérmenes del senderismo en el Perú. De esta manera el círculo se completa: el felón que reniega de sus orígenes y de sus vínculos ideológicos descuartiza al ser que lo impulsó a la traición. Los servicios de seguridad de Estados Unidos interesados en un caso por sus conexiones con el maoísmo de décadas atrás.
Que Gutiérrez es uno de los grandes de la literatura peruana es una verdad que nadie puede negar. El manejo del policial y del propio género negro en la trama de Una pasión latina es más que evidente. Sin embargo, por momentos, uno siente que los códigos ideológicos, sociales e históricos presentes en el argumento de esta obra sobrepasan largamente a estos géneros.
En la novela negra (hard-boiled como la definió Raymond Chandler), la resolución de un crimen no es el eje de la trama. Tampoco la actividad racional de un policía que representa los valores morales imperantes de una sociedad, tal como sucede en los policiales de Conan Doyle. En la novela negra, el crimen permite desvelar las lacras de una sociedad y, de pronto, se establece una galería de funcionarios y policías corruptos y sectores sociales encumbrados que se hunden en los peores vicios. En otras palabras, antes que resolver un crimen, la novela diseca una sociedad.
La pregunta que surge, entonces, ¿para narrar la historia de Vilchez era necesario echar mano de estos géneros? Es una pregunta válida que no cuestiona la maestría de la novela que comentamos. Por algo los diarios y revistas han considerado a esta obra como una de las mejores del 2011. Sin embargo, nosotros nos quedamos con las novelas de Gutiérrez en la que los códigos ideológicos y sociales están ausentes. Por ejemplo, El mundo sin Xóchitl del propio Gutiérrez nos parece una pieza maestra que ya forma parte de la gran narrativa peruana.

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