Si Hansel y Gretel no se hubiesen extraviado en el bosque porque tenían celular o sistema GPS, no habrían caído en las garras de la bruja y ellos no la habrían arrojado al horno. Gracias a ese extravío se deshicieron de la hechicera y encontraron oro y perlas, de modo que regresaron a casa y sus padres no se vieron obligados por la pobreza a dejarlos en la inmensidad de los bosques germanos. En otras palabras, si los chiquillos hubiesen tenido tecnología para comunicarse, los hermanos Grimm no habrían recogido esa legendaria historia de los bosques alemanes en la que aparece la eterna lucha entre el bien y el mal, las lacras de la pobreza y los finales felices que, muchas veces, son granitos de arena para el auténtico optimismo.
Y es que el cuento de Hansel y Gretel es un clásico. Pero, ¿qué es un clásico? Semejante definición escapa a nuestras posibilidades, sin embargo, atreviéndonos, podríamos decir que es la historia que, conforme transcurre el tiempo, rejuvenece, se vigoriza y adquiere infinidad de interpretaciones. Un clásico mueve las fibras más recónditas de nuestra humanidad: despiertas nuestros temores, nuestros optimismos, nuestras miserias y nuestras grandezas al margen de geografías y culturas.Se conoce que el cuento de hadas de Hansel y Gretel se difundía en los bosques antes de inmortalizarse por la pluma de los hermanos Grimm. Estamos seguros que la historia estremecía por igual a los niños que la escuchaban de un campesino iletrado y a los niños que la escuchaban de una madre solícita que leía el texto de los Grimm.
Para atrevernos más. Quizá otra idea de un clásico sea la terca resistencia a cualquier traducción. No nos queda la menor duda que un niño chino o japonés siente los mismos temblores que un infante alemán escuchando que los pajarillos del bosque se han comido las migas de pan que Hansel y Gretel han dejado para regresar a casa.
Es decir, los niños sabrán de celulares, Ipods, smartphones y todo tipo de parafernalia tecnológica, pero continuarán sobrecogiéndose ante la historia de dos niños perdidos en un bosque. Se asombraran a pesar de los siglos, a pesar de que los bosques se acaban y, a pesar, de que solo han visto fierro y cemento. Cuando se trata de este tipo de historias, la tecnología es un accidente.
Aquí un interesante artículo de la escritora Verónica Sukaczer sobre el tema en la Revista Ñ del diario Clarín
Por Verónica Sukaczer
Hansel y Gretel están perdidos en el bosque... y no tienen celular
En una de esas sobremesas con gente de libros, que a los escritores nos gusta alargar como malos finales, una editora recuerda una entrada del blog Orsai, de Hernán Casciari. En esa oportunidad, Casciari escribía sobre cómo la tecnología, más precisamente la telefonía celular o los sistemas de posicionamiento global (GPS) podían llegar a entorpecer una buena historia. Y condimentaba con una anécdota, que transcribo: “Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel (...). En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. (...) Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el móvil’. A continuación Casciari sentencia: “La telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos”.
¿Casciari tiene razón?, pregunta la editora amiga, y abre el debate: ¿ha cambiado la forma de escribir para chicos en tiempos de Internet y celulares a toda edad? Los autores, ¿consideramos importante dotar a nuestras criaturas literarias de un plan de telefonía y una computadora con, por lo menos, wi-fi? Por supuesto, aquí surgen tantas respuestas como ficciones se han escrito, y cada una depende del interés –y del conocimiento– que cada escritor/a posee por la tecnología actual. Pero de ahí a creer que en toda narración futura alguien se conectará a la Web para llegar al capítulo final, hay un gran trecho. Y ningún cuento “de antes” se verá arruinado o perderá interés por falta de pago del abono del celular del huérfano en problemas.
Los chicos entienden y aceptan –a veces basta una breve explicación–, que en la época en que se escribió la Cenicienta , el príncipe no tenía la opción de armar la páginazapatilladecristal.com , así como saben que en las guerras mitológicas ningún bando contaba con armas automáticas. Cada historia posee elementos que le son propios y, si está bien escrita, se crea un pacto entre autor y lector, en el que el primero inventa un mundo, y el segundo –aún el hipercomunicado e hiperconectado– decide creerlo.
Y sin embargo... ¿por qué prescindir de la tecnología en la literatura, como si se tratara delcuco malo que impide a los chicos hacer uso de su imaginación? Veamos... Yo he escrito un par de libros de cuentos en donde la protagonista es la informática, pero también muchos otros en los que no hay siquiera un mensaje de texto. Pero acepto que, cuando escribo historias que transcurren en la actualidad, la tecnología se me infiltra por todos los costados, por la simple razón de que forma parte esencial de mi vida, como de la vida de casi todos. Y eso de ninguna manera provoca que las historias pierdan su misterio o que los conflictos se resuelvan con mayor facilidad. Pensar así sería como creer que Harry Potternunca se metía en problemas porque, justamente, contaba con la magia para resolverlos.
Entonces, ¿cuál es el lugar de la tecnología en los relatos de hoy? Para mí es bastante sencillo. Ahora los chicos se encuentran en las redes sociales en vez de llamarse por teléfono, o se citan mediante mensajes de texto. Los datos los buscan en Internet, y esa búsqueda, hoy como antes, puede llevarlos a tener que visitar la biblioteca más extraña o el bosque más olvidado. Es decir, son detalles menores y cotidianos que a nadie llaman la atención. Y que funcionan para todos los registros (el humor, el terror, el drama) y hasta por omisión: en una novela que acabo de terminar, mis personajes llevan encima una vieja guía telefónica (la comercial, amarilla y pesada), justamente porque no tienen una computadora portátil y creen que en la guía pueden hallar los mismos datos que en la Red.
Y todo esto funciona porque las historias las llevan adelante los personajes, no los aparatos que puedan cargar encima, y la trama. Y los celulares siempre pueden quedarse sin batería en momentos de peligro, los sitios tenebrosos nunca cuentan con buena señal, y las páginas Web se cuelgan en el momento menos indicado. Es decir, la tecnología también puede convertirse en juego, en fantasía, ayudar a la confusión, y crear más problemas de los que puede resolver.
Y todo eso suma literatura. Nunca la resta .
¿Y aquí toca el colorín colorado? Casi. Pongamos que Hansel y Gretel sí tenían un teléfono celular. Y llaman al padre. Y este les responde que está todo bien, que se queden por ahí que llegará en cualquier momento a buscarlos. Pero nunca llega, claro, porque fue él quien los llevó –las dos veces– al bosque, para que se perdieran. Ah... cuando los niños por fin regresen a su casa, la que se va a armar...

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